64 Latidos por semana: Prólogo

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone

Ayer, 19 de marzo del 2017, alrededor del mediodía, en el cubículo 244 de la UCI cardiovascular de la clínica General del Norte, mi madre, Vilma Del Socorro Llanos Lara, sufrió un paro cardiorrespiratorio y entró en coma neurológico, debido al severo estado hipóxico en el cual se encontraba desde los últimos días de la semana pasada: eventos traumáticos inducidos por una falla cardiaca terminal que ha estado combatiendo desde hace un mes, producto de la cardiopatía dilatada que le fue diagnosticada hace 17 años en Bogotá, y que la obligó a pasar por el quirófano más de dos veces, además de sufrir múltiples hospitalizaciones prolongadas, incluyendo ésta, su última después de tantas.

Ciertamente me gustaría haber empezado este ejercicio de primera y temprana racionalización del luto en un tono menos comedido, no tan cercano al boletín informativo y más emparentado con el torrente de emociones confusas que conforman un obituario, debido a que, por supuesto, en el mismo momento en que escribo estas palabras, no puedo concebir la tranquilidad, el orden y la calma como estados a los que pueda llegar sin esfuerzo alguno.

Sin embargo, a pesar de su temporal estado vegetativo, el cuerpo de mi madre duró cierto tiempo sin firmar la sentencia final, más allá de que su funcionamiento no fuera capaz de mantener la llama encendida con propiedad. Es por eso que, inspirado en esa increíble voluntad por permanecer luchando y aferrarse a esta única certeza que es la vida, quisiera emprender una búsqueda en la cual no solo quepan los inevitables lamentos, sino que también haya espacio para encontrar las ideas clarificadoras (así sean pocas) dentro de éste, el momento más oscuro: una disposición dificultosa, enrevesada, y ardua con la que -en honor a mi mamá- quisiera asumir este incipiente diario o cuaderno de anotaciones digital, dedicado a su memoria.

Sufriendo la vergüenza de incluirme a mí mismo en demasía durante los primeros puntos de estas anotaciones (y reconociendo de antemano que ése será el mayor defecto del mismo necesariamente) debo confesar mi pertenencia a una familia que, sospecho, es mucho más grande de lo que suele afirmarse: la de los arrepentidos. Eso sí, primero me sentiría obligado a reconocer que cada una de mis previas convicciones ha sido rebatida de manera tajante con el tiempo. Sin embargo, aún no me siento tan libre como para solventarme sin ellas, y en estos momentos, de manera lamentable, mi mayor certidumbre es negativa: siempre me arrepentiré de no haber producido y guardado mayores recuerdos de mi madre. Me refiero a fotos, videos, cartas, escritos, cualquier medio físico que consigne el valor inconmensurable de su existencia somera. Un pecado bastante flagelante para una persona dedicada a estudiar y trabajar con dichos medios. En otras palabras, éste también es el diario de mi arrepentimiento y la constancia de mi deuda.

Sea lo que sea, tampoco quisiera mostrarme ciego al hecho de que este blog será, ante todo, una de tantas manera de lidiar con esa imposibilidad que tenemos de contar con arena que no se escurra en nuestras manos. Es, como mencioné anteriormente, un experimento abocado a manejar la partida de una persona que daba sentido a cada una de las palabras con las cuales me he esforzado a sondear el día a día, y que pronto, demasiado pronto, sin su presencia, me obligará a pelear aún más fuerte por la simple acción física de seguir adelante.

Es así como nacen cada una estas palabras. 64 reflexiones durante 64 semanas, por cada uno de los 64 años en que estuvo viva mi madre. Éstas, espero, serán mi cuota testimonial al relato de una increíble mujer entregada con apabullante devoción a todos aquellos quienes han hecho parte de su vida. Querida como esposa, hermana, tía, sobrina, compañera, amiga, y por supuesto madre, espero que estos 64 apuntes esbozados en un lienzo tan inestable como el mundo digital al que ahora pertenecen, por lo menos den cuenta de cuán poderoso es el efecto de nuestros recuerdos en la vida de las personas que marcamos.  Y, a pesar de lo obvio, no está de más decirlo: en mi vida no hay nadie que me haya marcado más que mi madre. Es por eso que ahora, al momento de darle marcha a esta nueva etapa, solo cuento con el anhelo de que este diminuto espacio sea prueba incontrovertible de ello.

Adiós ma. Te amo.

 

Este texto fue publicado originalmente en el Blog 64Latidosporsemana, lo hemos reproducido con el permiso de su autor.
CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*