Antártida: 25 días encerrado en el hielo | Fragmento

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El periodista argentino Federico Bianchini compartió con Revista Sentidos un adelanto de su más reciente obra, en la que relata sus días rodeado de blanco en la Antártida. El libro “Antártida: 25 días encerrado en el hielo” es producto de la Beca Michael Jacobs de crónica viajera otorgada por la FNPI de la que fue ganador en el 2016.

Por Federico Bianchini | @fedebianchinii

El lunes 2 de febrero de 2014, a ocho cuadras del Obelisco, un prefecto de civil fuma en la calle mientras espera. En Buenos Aires aún no amanece. La brasa del cigarrillo relumbra poderosa. Un rato más tarde llegan otros: científicos y militares. Estamos en la puerta de un edificio donde funcionaba la Dirección Nacional Antártica (DNA), para viajar a la base Doctor Alejandro Carlini, una de las siete bases permanentes de las trece argentinas que hay en la Antártida: la que concentra el trabajo científico. Allí, durante el verano, entre 50 y 60 biólogos, geólogos, glaciólogos e ingenieros desarrollan estudios relacionados con la flora, la fauna y los cambios en el clima.

No nos conocemos. El silencio entre nosotros aparece como algo natural. El micro se detiene a metros de donde estamos y el conductor baja. Varios llevan un gran bolso militar. Yo tengo dos valijas: en una, sólo entraron las botas y una campera. En la otra llevo el resto de la ropa. Las meto en la bodega, subo y espero. Poco después, el micro se pone en marcha hacia la base de la Fuerza Aérea de Palomar. Al llegar, bajamos y dejamos los bolsos en una suerte de sala de espera. Una mujer vestida con uniforme militar nos dice que nos acomodemos, que en un rato vamos a salir.

—¿No nos dan un pasaje, un papelito? ¿Nada? —pregunta alguien acostumbrado a los vuelos comerciales.

Pero acá no hay fecha ni horario de partida. Hace unos días nos dijeron que saldríamos el 25 de enero; avisaron que preparáramos el bolso y estuviéramos atentos al celular. Pero después el llamado no llegó y el vuelo se postergó una semana más.

Ahora, el ruido atronador de las turbinas ensombrece esos recuerdos. Viajamos en el Hércules, un enorme avión de la Fuerza Aérea (entran 64 paracaidistas con sus equipos) sin butacas. Nada recubre las paredes y el techo: se ven los cables, las membranas: un avión impúdico de ventanas circulares, sin alfombras ni azafatas. Lo pilotean dos hombres. En la cabina, junto a ellos, toma mates un mecánico. Hay, además, un segundo mecánico, un hombre que controla el radar, y un cuarto cuya única función parece ser la de mirar a los otros cinco. En la parte de atrás, dos militares revisan la carga.

Los pasajeros nos sentamos enfrentados, sobre unas redes rojas. Unos junto a otros, brazo contra brazo, pierna contra pierna. Entre los pies, los bolsos. La mayoría dormita o simula dormir. El ruido es infernal. Algunos llevan auriculares industriales; otros, tapones para los oídos; los menos experimentados comparten pedazos de algodón. Antes de venir me habían avisado: “Llevá algo para los oídos”. El Hércules tiene cuatro turbinas con hélices de paso variable (pueden desplazar el viento hacia atrás o hacia delante, lo que permite aterrizar en pistas cortas). Para decirle algo al compañero que uno tiene al lado hay que gritar. La poca luz que se filtra por las ventanas reduce las posibilidades de lectura.

Cuando ya estamos en vuelo, tengo ganas de hacer pis. He visto a varios militares caminar hacia la parte de atrás del avión. Imagino que allí está el baño.

—¡¿El baño?! —grito.

Uno me señala una cortinita bordó, al fondo. Se acerca y hablando en voz muy alta, junto a mi oído, dice:

—¡Andá ahí y envolvete con la cortina!

El proceso de orinar a siete mil pies de altura requiere de una destreza y una disciplina mental asombrosas. Uno debe pararse sobre una tarima y apuntar a una semiesfera metálica con forma de mingitorio que tiene el tamaño de un pomelo. No sé si es por el ruido ensordecedor, que a pesar de los tapones en los oídos se siente constante durante todo el viaje, por la falta de práctica en este tipo de maniobras o por la sensación (falsa) de que varias personas me están mirando, pero a pesar de tener la vejiga hinchada, a punto de explotar, no sale una gota. Luego de un (excesivo) tiempo envuelto en la cortina, decido rendirme y volver a mi asiento, pensando en qué técnicas usarán los militares para resolver el asunto. Por suerte, hay una parada para cargar nafta, donde con una mezcla de alivio y orgullo constato (por lo concurrido del baño) que mi falta de destreza es común entre los civiles. Unas horas más tarde, llegamos a la ciudad de Río Gallegos, Santa Cruz. Allí mismo, a unos doscientos metros del aeropuerto comercial, hay otro, militar, con camas y habitaciones, donde dormiremos hasta que esté listo el próximo vuelo.

Llegar a la Antártida es más difícil de lo que podría suponerse. En Río Gallegos, los pasajeros pueden pasar dos, tres, veinte días ilusionados con el clima propicio para despegar. Para poder hacerlo tiene que abrirse una “ventana climática”, un espacio imaginario sin vientos de huracán ni tormentas furiosas. Un espacio tan conceptual como físico: un agujero entre las nubes, una nada descubierta de niebla. Nosotros tenemos suerte: dos días después, nos avisan que podemos partir.

—Pónganse la ropa de abrigo.

—Pero si hace veinte y cinco grados.

— Pónganse la ropa de abrigo.

Un pantalón térmico (una especie de calzoncillo largo, negro y abrigado), las medias. Arriba, el pantalón de Goretex, las botas, una remera térmica, otra más gruesa y un buzo. En la mano, la campera de polar (gris), campera rompevientos (amarilla), guantes y gorro. Todos tenemos la misma ropa (igual color, distinto talle) prestada por la Dirección Nacional Antártica. Unas horas después, transpirados por la calefacción del Hércules, llegamos a la Antártida.

Bajamos en una isla que los argentinos llamamos 25 de Mayo, que los rusos conocen como “Batepjóo Vaterloo”, los chilenos como “Rey Jorge” y el resto del mundo como “King George”. En la Antártida, dentro de las Shetlands del Sur: un archipiélago del océano Glacial Antártico.

El Hércules aterriza en el aeropuerto de 1.300 metros de la base chilena Frei (6.839 metros cuadrados cubiertos), la más grande de esta isla. Sobre el piso de ripio, mientras algunos filman la nada, el blanco que nos rodea, otros tratan de ponerse las camperas y los gorros o sacan fotos, entorpecidos por el viento y la nieve.

El 97 por ciento de esta isla es hielo. En los 34,5 kilómetros cuadrados restantes, sobre la roca, se asientan las pingüineras y las bases. A lo lejos, se ve una construcción de madera, con cúpulas y cruces, surreal: es una iglesia ortodoxo-rusa de quince metros de altura. En esta isla, además de la base argentina (2.602 metros cuadrados esparcidos en un área de 5 a 7 hectáreas) y la chilena, hay una base china (con cancha de bádminton, estaciones de satélite y dormitorios para 150 personas), una de Corea del Sur, una polaca, una peruana, una uruguaya, una brasilera y la última, mínima y en la que entran sólo cinco personas, de Estados Unidos.

La isla está a 120 kilómetros de la Península Antártica, esa lengua de hielo blanco que se ve en los mapas, y es más húmeda que la Antártida Continental. Aquí en verano el frío no es terrible, pero el viento y las lluvias (más de 500 milímetros anuales) dificultan el trabajo.

En dos botes (Zodiac MK 4), nos llevan desde la base chilena hasta el barco Suboficial Castillo. Viajo con dos biólogos especialistas en líquenes, que trabajarán unos días en otra base y luego irán a la base Carlini, y dos geólogos cordobeses. Subimos al barco. Dejamos los bolsos a la intemperie.

La luminosidad del cielo se difumina en nubes grises superpuestas. No termina uno de saber si son varias, una junto a la otra, o la misma, enorme, suspendida sobre el frío. El mar es casi negro. No hay, salvo en la ropa que llevamos puesta, colores. La nieve, el agua, el cielo, las rocas, el pingüino que se desliza por el hielo, la gaviota que nos sobrevuela, todo es en la gama de los grises.

Minutos más tarde, en otro Zodiac, junto a los equipos científicos, llegará al barco principal el prefecto que, a ocho cuadras del Obelisco, esperaba fumando. En la cubierta del barco, nuestros bolsos están cubiertos de escarcha. A pesar del viento y la nieve, el prefecto fumará tres cigarrillos mirando el paisaje. Se llama Diosnel Villalba, tiene la cara regordeta, los ojos bien oscuros y un trato cálido y amable. Va a quedarse en la base por un año.

—Lo mejor para la Antártida es tener paciencia y estar tranquilo —dice cuando le pregunto si no le da miedo pasar tanto tiempo aislado, lejos de su familia.

El barco se pone en marcha. Parece casi detenido: no hay referencias. El blanco y el silencio nos rodean.

Cuando llegamos a la base, en otro sector de la isla 25 de Mayo, ya casi es de noche. Los buzos arrojan por la borda escaleras y sogas, y bajamos hacia los botes despacio, con temor y respeto. En la orilla, las botas nos protegen del agua helada. Nieva. El jefe militar, el jefe científico, varios militares y científicos nos esperan para recibirnos.

—Hay un problema —dice el jefe militar, después de darnos la mano, a tres mil kilómetros de Buenos Aires.

Lleva un gran camperón verde y el pelo hacia atrás, como engominado.

—En la lista que tengo dice que venían tres y ustedes son cuatro.

En el silencio de la isla digo tímido:

—Puede ser que yo no esté anotado.

—¿Cómo te llamás?

Y verifica.

—No. Tu nombre no figura.

—Pero tengo un papel…

—Luego lo vemos —le dice a su segundo—. Ponelo en la segunda habitación del alojamiento nuevo.

La burocracia alcanza lugares insospechados.

*Las fotografías de este artículo pertenecen su autor


Sobre Federico Bianchini
Editor de la Revista Anfibia. Autor del libro “Desafiar al cuerpo: Del dolor a la gloria. El deporte llevado al extremo”. Premio Don Quijote (Rey de España) 2013. 

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