El cenit | Cuento

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Por Stefano Llinás

 

Mientras barría el frío suelo de la recepción del observatorio de Arecibo, Nicanora Salmoral recordaba con una espesa amargura la pregunta que su hijo le había postulado la noche anterior, en un inesperado desliz de ansiedad existencial. Había descartado ya multitud de veces sus interrogantes como simple curiosidad pueril, pero esa vez descubrió que ciertas preocupaciones un poco extensas plagaban la mente del chiquillo. También descubrió que no sabía como sosegarlas. En ese instante había alzado la mirada, pensativa, y había dado con el muro de ladrillos grises y cemento crudo que tanto le estorbaba a su optimismo; pero sin más que un pestañeo distraído, le dijo a su pequeño algunas palabras dulces. Luego rezaron juntos.

No sabía si era el polvo o la melancolía, pero necesitaba un descanso; estaba estornudando y tenía los ojos rojos. Colocó su escoba junto a la pared, se pasó la mano por la sien, limpiándose el sudor, y, sacudiéndose el uniforme de manera respetuosa, emprendió su camino en dirección a la salida de emergencia. Afuera llovía; al salir, Nicanora se frotó las manos rechonchas para espantar a la humedad y sus molestias. Un pequeño techo le servía como resguardo del torrente, aunque este espacio limitaba su albedrío; el radiotelescopio, pieza de equipo severa y solemne, se podía observar desde su punto de vista, ya que reposaba en la hendudira terrestre detrás del observatorio. El gran disco grisáceo, aparte de captar señales electromagnéticas provenientes del espacio también lograba captar los proyectados sueños de la infeliz. Tenía ya 7 años trabajando como empleada de limpieza en las instalaciones, y aún ese día sintió la misma admiración por el aparato que al verlo por primera vez. No entendía cómo funcionaba el instrumento (y aún menos la naturaleza de su constraste con la circundante maleza), pero le gustaba pensar que a través de la concavidad compartía sus pesares con todos los seres encontrados más allá de la Vía Láctea. Claro que el observatorio en sí sobrellevaba varias investigaciones sobre la posibilidad del contacto estelar con la Tierra; SETI teniendo un largo historial de presencia en el lugar (en el año 1974 fue enviado un mensaje de 1679 bits en dirección al cúmulo globular M13).

No fue después de mucho que un tercero penetró la soledad de Nicanora y la gran antena: por la puerta irrumpió, con el donaire de los tímidos y la indiferencia de los torpes, la doctora Urania, una astrofísica de San Juan que siempre llevaba anteojos guindando sobre los senos y un libro en el bolsillo de la bata. La nueva mujer era una de las científicas permanentes y de orígen nacional que se hallaban en Arecibo, éste contando también con una presencia extranjera bastante fuerte. Para las dos fue inesperado el encontrarse, aunque no del todo inoportuno. La evasión de la obviedad comenzó su charla, pero luego de encender su cigarrillo y asegurar que no pretendía inmiscuirse, la doctora preguntó qué sucedía, por qué andaba llorosa y parada sobre el fango con los pulgares cruzados.

«Las estrellas me han enseñado a guardar secretos» dijo la doctora, fidedigna. «Puede confiar en mí si así lo desea.»

Nicanora decidió confesar que albergaba una corazonada insidiosa; explicó que el inocente anhelo de su hijo le había devuelto cierto miedo que pensaba haber olvidado. En los ojos de la doctora Urania ardió un fulgor de epifanía:

«Cuando termine de fumar, acompáñeme.»

También, entre otras cosas, hablaron del clima político —con cierto recato tirando alabanzas hacia el Independentista—, de perfumes, de genealogía y hasta un poco de amor (entre el secreto toqueteo de la lluvia encontraron razones para ser honestas). Al extinguirse el fuego de la colilla dejaron atrás la escena tropical, la doctora guiando a Nicanora hacia su centro de investigación. Cuando pasaron por el corredor, de paredes blancas y luces fosforescentes, de aspecto ficticio y abrumante, Nicanora no pudo evitar el sentirse como un ratón desesperadamente persiguiendo un trozo perdido de queso. La doctora volteó mientras caminaban, sonriente; le prometió que todo valdría la pena.

Por supuesto, ni un lustro compuesto de ensayos habría preparado a la desdichada empleada para entrar agraciadamente a una oficina llena de científicos; con el poco tiempo dado, hizo lo que pudo. Los inspeccionó a todos con una mirada orgullosa, siempre admitiendo algún ademán de cortesía. No los conocía a todos, pero poco le importaba; conocía bien el lugar, aunque siempre lo había explorado en pequeñas porciones. Sólo se ocupaba en seguir a la doctora hacia su escritorio, pasando entre esos artilugios electrónicos repletos de botones colorados y palancas diminutas que siempre le habían despertado interés.

La doctora mantenía un espacio laboral meticuloso: a la izquierda del escritorio tenía varias hileras de casilleros, rotulados alfabéticamente; sobre la torre del ordenador un pisapapeles de estrellas escarchadas sumergidas en líquido; junto a la pared contigua un estante repleto de libros académicos; y frente a todo este conjunto, un par de sillas de tejidos florales. Nicanora  fue invitada a sentarse, y aunque se le ocurrió declinar la oferta, terminó muy cómoda esperando. La doctora estaba buscando un expediente entre los archivos, bajo la letra «V».

«¿Conoce usted los discos dorados a bordo de los Voyager?» preguntó la doctora Urania.

«No.»

«Son cápsulas del tiempo glorificadas en apariencia» dijo, mostrándole a Nicanora los documentos. «Dos discos dorados que hoy en día son los objetos de origen terrestre más lejanos de nosotros en todo el universo. Contienen información básica sobre nuestra cultura global, y pretenden ser una huella de nuestra presencia que tal vez en un futuro distante sea descubierta por alguien.»

Los papeles detallaban el contenido de los discos: una selección de sonidos, entre los cuales destacaban el trueno, el latido de un corazón, el cantar de las ballenas y el código Morse; una lista de reproducción que incluía música compuesta por Lorenzo Barcelata, Chuck Berry, Bo Ya, Stravinsky y Mangkunegara IV; una grabación de las ondas cerebrales de Ann Druyan (que, haciendo uso de su innata humanidad, pensó en lo que para ella era enamorarse); 116 imágenes detallando las minucias de nuestra aislada existencia; y 55 saludos en lenguas diferentes (los cuales elaboran el lado gentil de nuestra naturaleza; los alienígenas que descifren los discos nos tildarán de endebles). También inscrito en la astronave quedó inmortalizado un poético e ingenuo mensaje del presidente estadounidense Jimmy Carter.

Para Nicanora Salmoral todo esto resultó un ejercicio de aprendizaje bastante grato, aunque repentino.

«Perdone, doctora, pero ¿qué tiene que ver esto conmigo?» preguntó.

La realidad, según explicó la doctora Urania, era que la NASA le había pedido asistir en un nuevo esfuerzo por enviar una pequeña sonda espacial que llevaría con sí un contenido similar al adjunto a los Voyager 1 y 2. Su trabajo, que verdaderamente era más una tarea honoraria, consistía en grabar un saludo corto en español, dirigido al hipotético descubridor de la nave. Su nombre había sido propuesto por una compañera de universidad que ahora habitaba en los estados, y la doctora estaba inmensamente feliz de haber obtenido un honor de esa magnitud.

«Quiero cederle ese honor a usted, Nicanora. Quiero que sea su voz la que sea escuchada más allá de las constelaciones, dentro de billones de años, cuando sus problemas y los míos se hayan esfumado, convertidos en partículas siderales.»

La empleada sólo podía pensar en lo inverosímil que era la gratitud naciente de su pecho; la propuesta era muy bella —fastuosa, inclusive—, pero no tenía función aplicable a su cotidianidad. Aún así, de una manera frágil le daba el aliento necesario para resolver poéticamente las inquietudes de su hijo (y la doctora lo sabía). A consecuencia, también le otorgaba cierto solaz inaudito. No encontró motivo por el cual abstenerse. Aceptó.

Luego de la preparación del equipo, teniendo ya a Nicanora sentada frente a un alargado micrófono, la doctora Urania demandó silencio con unas cuantas palabras autoritarias. Los demás astrónomos tomaron nota de la peculiar situación y comenzaron a observar perplejos. La grabación debía ser bien articulada y no más de 40 segundos.

«¿Qué quiere decirles?»

En ese momento Nicanora sintió la presión de la tarea; estuvo ensimismada un rato.

«¿Puede ser cualquier cosa?» preguntó al fin.

La doctora asintió con la cabeza, y repitió los únicos dos requisitos. Al estar la empleada lista, presionó el botón:

«Buenos días. Los saludo a favor de todos los que vivimos en este planeta, con mucha humildad y con mucha transparencia.» Pausó. Las siguientes frases las dijo con mucha más convicción. «Sepan que somos soñadores, a pesar de ser tan pequeños, y que algún día nos encontraremos. Hasta entonces, que Dios los bendiga.»

La solemnidad remoloneó unos instantes, mientras las dos mujeres cruzaban miradas. Nicanora se excusó apresuradamente, diciendo que debía trapear antes de acabar la noche, y que había perdido bastante tiempo ya. No quería seguir incomodando a la doctora. Le agradeció sinceramente la oportunidad, y antes de irse le aseguró que había encontrado algo con qué llevar a la cama a su hijo y hacerlo sentirse magnánimo.

«Ahora sé cómo explicarle lo que es dejar una estela en el mundo» dijo, antes de despedirse. «Muchas gracias, doctora.»

Si hubiese permanecido junto a la puerta fisgoneando, habría escuchado a la doctora admitirle a sus curiosos compañeros que todo había sido una farsa; el micrófono estaba averiado, no tenía contactos en la NASA, la sonda era un figmento de labia, etc. Su saludo sólo sería recordado por esos que habían estado presentes. No saldría ni siquiera de la atmósfera. Pero Nicanora Salmoral no tenía necesidad de prolongar su merodeo para enterarse de todo esto: había sido ella misma, con la cola de su escoba (en un movimiento intenso), la que había descompuesto accidentalmente el dicho micrófono hace un par de días.

A lo largo del trayecto a casa, sentada en un autobús que no sabía la clase de reflexiones que adentro cargaba, que con sus sillas grises y amarillas tan amigo era de la rutina, Nicanora no podía evitar el sentirse en conflicto. Aunque había escampado sustancialmente y habían pasado ya quince minutos, su primer paso sobre la tierra, sobre su patio, lo dió con la misma frescura que había sentido al saludar el espacio. Al cerrar la puerta de su casa se agarró el pecho como una rubia enamorada, pausó su respiración, y luego de sacudir sus pies hasta que sus zapatillas cayeran al suelo, irrumpió en el cuarto de su hijo para despertarlo.

Le contó todo, hasta el más mínimo detalle. También le explicó todos los conceptos que desviaban la conversación, pero que servían de contexto. Cerca de la medianoche, cuando ya los dos tenían bastante sueño (exhaustos por un exceso de esa felicidad que sólo se siente en las noches que siguen a las buenas noticias), Nicanora concluyó al decirle que a veces en la vida la gente simplemente no puede hacer nada por ti, pero que el hecho de que se atrevan a ayudar, de que sinceramente hagan un esfuerzo, de que pretendan alzarte un poco más cerca del cenit, a veces es suficiente.

 


Sobre Stefano LLinás

Stefano Llinás es un escritor barranquillero graduado del Savannah College of Art and Design y actualmente estudiante de Maestría en Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona. Su prosa es, ante todo, un ejercicio en estética y una exploración de la alteridad.

Su página web: http://stefanollinas92.wixsite.com/bocadelcielo
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