El hombre que coleccionaba plumas de Ángel | Cuento

No sé si eso de que venimos a este mundo varias veces con cuerpos y misiones diferentes sea cierto. ¿Realmente necesita este planeta gente con tareas específicas? o ¿es algo que hemos inventado para respondernos lo que nadie puede hacer? No hay día que no me haga esta pregunta y jamás le encuentro una respuesta que me dé calma. Entonces he decidido escribir en mi libreta lo que no le digo a nadie, o lo que le digo al universo de forma silenciosa pero que estoy seguro que hace eco en alguna parte de él.

Si resulta que es cierto aquello de tener varias vidas, entonces me sería más fácil explicar que en ésta mi destino ha sido coleccionar plumas blancas. No sé por qué de ese color, yo no las busco, no me gusta acumular nada, no me gusta tener objetos repetidos, pero estas plumas están en todas partes por las que paso. Es como si nadie más las viera. Cuando he tratado de ignorarlas el viento sopla más fuerte de lo normal haciendo que se adhieran a mi cuerpo, entonces me veo obligado a traerlas conmigo. Me las he quitado, lo juro, pero al llegar a mi casa las encuentro pegadas sobre mi puerta. Al principio alzaba la vista buscando las palomas blancas sobre mí, pero nunca he visto una cerca.

Mi vida no es normal, pero ¿tiene la gente vidas normales?, ¿qué es ser normal?, supongo que ir a trabajar, tener compañía; pero creo que ser normal para mí sería no tener que encontrarme plumas cada vez que salgo.

Limpiar los vidrios de edificios es un trabajo que hago desde muy joven, estar en las alturas me hace sentir libre por un instante de la vida terrenal, así sea limpiando ventanas ajenas. Fue en uno de estos sitios donde encontré por primera vez una de las plumas. Ahí no había nada de raro, las aves vuelan, es lógico encontrárselas en esos sitios; pero después ya estaban en todos lados. No comprendía con exactitud para qué debía guardarlas; pero seguía mi impulso de hacerlo, hasta que pasé cerca de un niño que lloraba inconsolable en brazos de su madre, la mujer se veía desesperada, no sabía cómo calmarlo, era como una rabia sin motivo o una queja que no se puede explicar con palabras; sentí que debía hacer algo, saqué de mi bolsillo la pluma encontrada ese día y se la regalé al niño, enseguida dejó de llorar, su rostro cambió, se calmó, su mamá no sabía cómo agradecerme. “No tiene por qué, es solo una pluma” ─le dije─, pero ella no paraba de sonreír. Al llegar a casa encontré dos, fue extraño, pero de ahí en adelante por cada pluma que regalaba a niños agobiados por algo, me encontraba dos, así que nunca me han llegado a faltar.

Las guardo en una bolsa de tela, pero antes de salir tomo un par que me acompañan en mi bolsillo por si debo entregarla a alguien. Y, créanme, siempre hay alguien.

Acabo de llegar a mi casa, estoy cansado, son casi las siete de la noche, parece que hoy limpié más ventanas que el resto de días, me siento extraño, no sé cómo describir este sentimiento, tal vez son las palabras de esa mujer las que dan vuelta en mi cabeza y me confunden. Hoy, cuando le daba una de las plumas a un niño que esperaba a su madre sentado en un bordillo mientras ella vendía dulces a los carros que se detenían en el semáforo, una mujer de avanzada edad que veía todo desde el otro lado de la calle, me miró a los ojos y empezó a gritarme: “¡plumas de ángel!, ¡plumas de ángel!, hace años no veía a uno.”

No sé qué quiso decir, pero ella parecía saber algo que yo desconozco; traté de alcanzarla, pero cuando atravesé la calle ya no estaba.

Amanece de nuevo y esta mañana parece sentirse algo fría, no sé, me siento algo confundido, la noche no fue tan buena, estuve intranquilo, el rostro de aquella mujer, sus palabras, mi inquietud, las plumas, los niños, todo está mezclado; pero igual debo ir a mi trabajo, salir de esta casa.

***

Parecía un día cualquiera, pero no lo era. Mientras Antonio comenzaba a preparar todo para limpiar las ventanas del piso treinta y tres, un frío extraño recorrió su cuerpo. Él pensó que sería a causa de la mañana nublada para no sentirse algo tenso pero, cuando empezó a limpiar los vidrios, sintió cómo el arnés que lo sujetaba se soltaba. Cerró los ojos, no gritó ni pidió ayuda, simplemente se dejó llevar; por su mente pasaba la idea de que morir se presiente. Todo era muy rápido, no había imágenes de su vida, pero sí los rostros de cada uno de los niños a quienes les entregó plumas y, mientras lo hacía, sentía cómo se adherían a su cuerpo cada una de ellas hasta sentirse completamente cubierto; las plumas ahora eran su piel, sus huesos, su cuerpo.

Nadie vio nada, ni hubo caos en la ciudad porque simplemente no había un cuerpo tendido en la calle, pero sí un testigo silencioso y sonriente que lo había visto todo; la extraña mujer mayor que se repetía a sí misma: “otro que se va con sus plumas de ángel, lo que estos ojos viejos han visto, nadie lo creería”.


Sobre Aliana Rosero

Soy Administradora Turística barranquillera. Me desempeñé durante siete años como Auxiliar de vuelo. Realicé un Diplomado en Docencia Universitaria, y un taller de Escritura Creativa. Escribir es una pasión que traigo conmigo desde que tengo memoria y, mientras anduve en las alturas, siempre viajaba por mi mente la maravillosa idea de contar historias.

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