El señor de las flores | Cuento

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone

Por Rogelio Iriarte

 

Un hombre joven y de raza blanca, con un distinguido aire de gente adinerada y los ojos enrojecidos por las lágrimas, rodeado de un grupo de personas, se encontraba en uno de los salones de la funeraria Gaviria en la sede norte de Bogotá, abrió una diminuta botella que escondía en un bolsillo y se bebió un trago de whisky, y sin que nadie lo pudiera evitar, la tiró con fuerza contra el suelo pero no se quebró, por efecto de la alfombra. Su hermana, una mujer alta y rubia, vestida de negro y con gafas oscuras, lo abrazó y le dijo al oído: — Cálmate Nicolás, que ninguno de los que estamos aquí tenemos la culpa de lo que sucedió. El joven se limpió la nariz con un pañuelo blanco. — Lo sé Gloria, lo sé, -dijo-, pero no puedo controlarme.

Dos ancianos de cabellos encanecidos, de pie frente al ataúd  dialogaban en voz baja : — Es cierto lo que dices, Dolanescu llegó a Bogotá proveniente de Rumania en el año cuarenta y nueve, apenas terminada la segunda guerra mundial, y mucha gente concuerda en que venía con una mano adelante y otra atrás. Aunque te juro que algo de dinero debió traer, porque una fortuna como la que hoy le deja a Nicolás y a Gloria no la pudo edificar de la nada. — Es posible que así sea, la verdad es que cinco años después de haber llegado ya era un hombre acaudalado. Impresionaba a todo el mundo con el porte militar y su voz de mando. — Le vamos a tener que agradecer, a pesar de lo autoritario que siempre fue, haber introducido al país el negocio del cultivo industrial de flores, aunque muchos se empeñen en no concederle este crédito.

Nicolás no podía controlarse e insistió y pateó de nuevo la pequeña botella en el suelo. Gloria, apenada, volvió a abrazarlo: — Por favor contrólate. A papá no le hubiera gustado verte así. — ¿Cómo quieres que me sienta? – Dijo él. — Mientras estamos en su velorio, sus asesinos deben andar en plena celebración. — Puede que así sea, pero no están aquí en la funeraria.

Cerca del ataúd una dama elegante le dijo a un par de mujeres: — La única familia del difunto Ion son sus dos hijos. Están esperando que llegue un tío, hermano de Elsa, su madre, la que murió hace años.

*

Cuatro meses atrás, un viernes al atardecer, a la hora de la salida de los niños de la escuela rural, el señor Ion Dolanescu inspeccionaba sus cultivos de flores. Se sentía grande, en ello colaboraba la ginebra que bebía a pico de botella.

El atardecer teñía de colores la campiña, a solo hora y media de Bogotá. El rumano vio acercarse por la carretera, frente a él, a una niña. Una sombra le cruzó por la mente. Una sombra que emergía de su lejano pasado en Tirgumures, Rumania. Observó a la pequeña. — Debe tener diez años, pensó. Bajó del campero y la niña cambió de lado de la carretera, pero el hombre la llamó: — ¡Acércate! ¿Quién eres? Ella se detuvo, sus mejillas enrojecieron. Conocía al señor.

*

Al día siguiente fue encontrada por algunos compañeros que se dirigían a la escuela. Su padre y varios de sus amigos de la vereda la habían estado buscando durante toda la noche. La niña estaba desnuda y tirada en una zanja de riego en desuso. Había sido asesinada de un golpe en la nuca, y con huellas evidentes de violación.

*

En la vereda se desataron la ira y el odio. La asesinada era la cuarta hija de Sixto Tulio, un empleado del señor Dolanescu, el famoso cultivador de flores. La noticia llegó a Bogotá y allí la prensa especuló sobre un sádico que había dado muerte de la misma manera a cinco niñas en un lapso de cuatro años. Pero nadie sabía nada de su identidad.

*

El procedimiento oficial criminalistico, prohibía que el padre de la niña, Sixto Tulio, estuviera presente en el momento del levantamiento del cadáver. Pero él en medio de su desesperación se dedicó a buscar por los alrededores las ropitas de su hija; las encontró un kilómetro delante de donde estaba el cuerpo. Continuó buscando sin saber qué y halló una botella de ginebra vacía. — “El trago del patrón”, pensó.

La noche del velorio de la niña, en la humilde casa de campo, llamó a su ahijado, agente de policía rural: — Vea, mijo -le explicó- cerca de donde encontré la ropita de Hortensia estaba está botella de trago como el que bebe el patrón.

El ahijado le comentó a su superior en la comandancia, y este llevó la botella a la oficina en Homicidios del teniente Martín en Bogotá. Martín a su vez, la envió a dactiloscopia y a genética forense por rastros de ADN; de este último no se detectó ninguna muestra, pero si estaban las huellas digitales de Sixto Tulio y de su ahijado policía. En el cuerpo de la occisa no se encontró semen, el criminal había usado protección.

El rumano citado por Homicidios para rendir una declaración, salió con una coartada perfecta: — Ese día y esa noche estuve enfermo en mi casa, aquí en Bogotá, allí fui visitado por mi médico, exactamente en las horas en que pude haberme encontrado en mis cultivos de flores. Esta versión fue confirmada por su médico de cabecera, un eminente galeno de alto renombre entre la clase alta bogotana. Con relación a la botella de ginebra Dolanescu dijo: — Me gustaba mucho, pero desde hace unos años por asunto de salud no la he vuelto a beber.

*

Un mes después del cruel incidente, Ion Dolanescu se hizo presente en la vereda y reunió a sus empleados para mostrarles el uso de una nueva sustancia hormonal para las flores. Sixto Tulio creyó notar que el patrón evitaba mirarlo y apartaba los ojos. Él era un campesino pacifico, pero no era ningún ignorante.

*

Las horas transcurrían con lentitud en la funeraria. Había inquietud por la llegada del tío materno de Nicolás y Gloria; acababa de arribar proveniente de Nueva York. Ya en casa de sus sobrinos, el tío preguntó: — ¿Cómo sucedió. — Lo mataron a garrotazos, como a un perro. -dijo Nicolás- el forense contó cincuenta golpes, pero su muerte fue lenta, solamente tenía un golpe mortal en la base del occipital. — ¿Dónde sucedió? — En los cultivos de flores. Hace cinco días salió para allá y no regresó. La policía nos avisó del incidente. — ¿Se sabe algo más? — No, nadie en los cultivos y en los alrededores vio ni oyó nada. — ¿Robaron el carro? Gloria apareció con una bandeja y tres whiskys: — No, tío. Ni siquiera le quitaron el dinero de la nómina de la quincena de los empleados que llevaba en efectivo.

*

El coronel palacio, director del departamento de Homicidios, dialogaba en su oficina con un funcionario de la embajada de Rumania: — Claro que sí, señor. Estamos investigando a fondo el asesinato del señor Dolanescu, créame que lo hemos priorizado… El diplomático rumano, con un español cargado de erres, dijo: — Ion Dolanescu fue un hombre que trajo progreso a este país, no tenía enemigos. ¿No es así? El coronel se rascó la barbilla con incomodidad a la par que agregó: — Por lo que hemos investigado de él, sus negocios eran legales y nunca fue amenazado. Como usted mismo acaba de decirlo, no se le conocían enemigos en Colombia. ¿Pero quién sabe si los tenía en otra parte? En nuestra investigación preliminar del crimen averiguamos que el señor Dolanescu perteneció al partido Nazi en su país, entre 1939 y 1946 cuando se perdió su rastro… ¿Lo sabía? El funcionario de la embajada quedó perplejo con esta información. El coronel Palacio, concluyó: — Apenas tengamos algo concreto, yo personalmente le informaré.

*

En una vereda de la sabana de Bogotá, dos campesinos curtidos por el trabajo y la intemperie, con expresiones profundas de una seriedad absoluta bebían cerveza, mientras miraban a sus amigos jugar al tejo. Era domingo por la tarde. El mayor de los hombres en voz baja susurró: — Ya deben estar enterrando al desgraciado ese. — Quien sabe Sixto Tulio – opinó el otro- no se le olvide que a los ricos los demoran para sepultarlos… A lo mejor les dan tiempo para que resuciten.

 


Sobre Rogelio Iriarte
Autor colombiano, publicado en Italia y en Inglaterra. Acepta comunicación interpersonal vía e-mail: arlequinnegro@yahoo.com. Trabaja en Bogotá como corrector de estilo y lectura y escritura de guiones cinematográficos.
CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*