“Espejito, espejito”

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Por Evany Amor

 

Tomas tu smartphone, abres Instagram y no se te pasa por la cabeza que a cierta marca le ha costado entre 15 y 45 millones (en pesos colombianos) hacer que una veinteañera reconocida publique una fotografía posando con su producto, así “como quién no quiere la cosa”, tal como lo explica Danielle Bernstein para la revista de moda Harpers Bazaar. Esta fashionista es una más de las tantas jovencitas que reciben estas módicas sumas de dinero por recomendar una firma. Todo parece indicar que tenemos una obsesión por la belleza y pagamos un alto precio por ello. Una mujer “bella” puede tener más de 73,3 millones de seguidores en esta red social, un poco más que la población total de Colombia, podría decirse que es como si un país entero le rindiera culto a una sola deidad.

La obsesión por la belleza humana, propia y de los demás, se traduce en cifras exuberantes. Según un artículo de la BBC de Londres, se suben al día un millón de selfies en las redes sociales, de las cuales el 36% de los usuarios admite haber retocado antes de compartirlas. Para muchos simplemente es un fenómeno que está de moda, todos lo hacen, ¿por qué no? Pero detrás de esto están las necesidades más básicas e instintivas del ser humano, la de ser reconocidos. Creemos que para ser dignos de este reconocimiento debemos aspirar a la perfección, y es ahí donde radica el problema. Estamos tan bombardeados de imágenes retocadas todos los días que creemos que si le bajamos un poquito a la calidad de la imagen que queremos proyectar, ya no nos van a querer, y esto representa un desajuste en la satisfacción de nuestras necesidades emocionales.

Que lo bello nos atraiga parece un hecho dado, pero nuestra afinidad por la estética, sobre todo por la belleza humana tiene instintos puramente biológicos y evolutivos. Actualmente se está utilizando la resonancia magnética, una forma de escáner, para investigar cómo funciona el cerebro ante los estímulos de lo que consideramos como atractivo. Se ha encontrado que se activa el área de la corteza orbitofrontal medial, y esto da cuentas de lo intrincado que está este instinto en nuestra mente.

El doctor Steven Brown, director del laboratorio de Neuroartes de la Universidad de McMaster de Canadá, plantea que se han encontrado indicios de que nuestra afinidad por lo estético pudo haber sido una estrategia de supervivencia, es decir, asociamos lo que nos produce placer con lo benigno y lo que nos repugna con lo “peligroso”. Es la manera en la que aprendimos a encontrar buenas fuentes de alimentos o identificar parejas “adecuadas”, debido a que personas con rastros armoniosos representaban sistemas inmunes más fuertes. Es decir, los rasgos simétricos pueden ser indicadores de calidad genética y, así mismo, rechazaban los rasgos que pudieran ser perjudiciales para la supervivencia o indicadores de mala salud.

A pesar de que en un principio la habilidad de reconocer la belleza, como la armonía en la naturaleza, nos ayudó a evolucionar como especie, hoy en día nuestra obsesión con ésta se desencadena en unos efectos colaterales indeseados como, por ejemplo, el trastorno dismórfico corporal, un fenómeno psicológico que hace que algunas personas se sometan a decenas de cirugías con tal de alcanzar el anhelado nivel de perfección.
Dicho lo anterior, es preciso tomar consciencia del poder que le atribuimos a la belleza en nuestras vidas. Para esto, es importante que seamos críticos ante los sucesos de la vida cotidiana en los que se permiten injusticias en nombre de la belleza. Uno de estos es el Efecto Halo, este fenómeno psicológico se explica con que la mayoría de las personas asume que las personas atractivas poseen otras cualidades socialmente deseables, como la felicidad, el éxito y la inteligencia.

A la gente atractiva se les da un trato de privilegio como mejores oportunidades de empleo y salarios más altos. Esto se evidencia en un estudio publicado por la revista científica Research in Social Stratification and Mobility, en el que se encontró que la “gente bonita” tiene sueldos 20% más altos que aquellas de aspecto corriente. Un mejor sueldo es solamente uno de esos efectos colaterales que ocurren en nombre de la belleza; sin embargo, en ocasiones se pueden presentar otras situaciones que ponen en desventaja a los que no son tan agraciados físicamente. En un estudio llevado a cabo por EFRAN en 1974, se demostró que las personas más atractivas son sentenciadas a condenas más pequeñas, incluso cuando habían cometido el mismo delito. Por otro lado, en un estudio más reciente publicado en el 2010, se demostró que los criminales menos agraciados tienden a recibir condenas más duras, con una media de 22 meses más que las otras condenas.

Por todo lo anterior es importante que, más allá de esos instintos biológicos, impongamos nuestra razón para mirar más allá del empaque, que podamos juzgar a los demás y a nosotros mismos, menos en función de lo estético, y más apuntándole a la integridad como seres humanos, procurando mejorar cada día nuestra ética, nuestro intelecto y apreciando en los demás las otras importantes dimensiones que tiene el ser humano.

 


Sobre Evany Amor
Periodista. Amante de la ciencia y el arte. Astrónoma frustrada (space geek). Mi lema: la curiosidad mató al gato, espero que no me mate a mí.

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One Reply to ““Espejito, espejito””

  1. Acertada reseña sobre el Meta social actual. Yendo desde el sentido biológico, pasando por lo referente al proceso de evolución y aterrizando en las implicaciones económicas de la belleza en nuestro tiempo me parece un acercamiento prudente.

    Buena redacción!

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