Los niños y la palabra

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Por Karen Marlen Osorio |

 

En mi familia no entendían por qué, si era tan buena estudiante en el colegio, tenía reportes de indisciplina. Yo no entendía por qué llevarle la contraria a un adulto, terminaría siendo un acto subversivo. Con el paso del tiempo comprendí dos cosas: que los adultos aman tener la razón y que los adultos se incomodan cuando un niño la tiene.

 

Luego pasó el tiempo y resignada a mi naturaleza insurrecta, me atrevía a opinar contrariando a algunos de mis profesores universitarios. Como ya no se trataba de un cero en disciplina, me respondían con la frase que más recuerdo de mis primeros años en el alma máter y que se repite como ensayada, al momento de una discusión con alguien mayor: Estás muy niña como para entenderlo.

 

Sí, tenía 15 años, pero, ¿estaba realmente ‘demasiado niña’ como para tener la razón o expresar una opinión sobre un tema? ¿Y si solo había creado apreciaciones y sacado conclusiones a partir del estudio? Al parecer, no me bastaba con saber, debía ser mayor.

 

¿Qué implica entonces ser niño? Empezaría diciendo que significa trabajar el doble para poder ser escuchados. Es muy fácil decir que los más pequeños deben ser una prioridad en todos los aspectos de la vida, pero la realidad es otra.  Según cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia UNICEF, en América Latina y el Caribe, donde viven cerca de 195 millones de niñas, niños y adolescentes, solo es destinado, en promedio, el 5% del PIB para trabajar en problemas de infancia. No se concibe la inversión en la infancia como una prioridad, como el seguro a largo plazo de una sociedad (y hasta una economía) estable, sino como una cifra que toca cumplir. Y la falta de prioridad va desde los presupuestos, hasta los imaginarios sociales.

 

La frase “¡niños y mujeres primero!”, que se ha convertido en el primer pensamiento a la hora de una emergencia, no es más que una idealista norma náutica que estableció el capitán del H.M.S. Birkenhead al momento de naufragar en 1852. De esta hollywoodense regla solo quedan buenas intenciones. Muchos estudios han demostrado que esto solo funciona en películas.

 

Pasa que, la vida termina siendo como los accidentes: se tiene todo planeado con extremo cuidado, pero cuando llega el momento no se sabe qué hacer, improvisamos, perdemos la lógica y el control y así, el “¡niños y mujeres primero!” se convierte en un “¡sálvese quien pueda!”, donde son los primeros los más afectados. El deber ser de los niños como prioridad se destruye cada vez más con el pasar de los días. Ser niño es no tener credibilidad, ni oportunidad de participar. Es ser silenciado porque “los niños no deben entrometerse en eso” o porque “ya crecerás para entenderlo”.

 

Lamentablemente, la mayoría de los -pocos- nombres de niños que resaltaron en la historia, están allí al ser aplaudidos por sobrevivir a atentados o atravesar por situaciones de vida o muerte. Nadie se dio cuenta antes de su potencial, coraje, capacidades o esfuerzos. Solo importa su participación cuando afecta el círculo de los adultos o cuando protagonizan catástrofes: Omayra Sánchez Garzón, Malala Yousafzai, Phan Thị Kim Phúc, Ana Frank…

 

Los niños no solo merecen, sino que necesitan ser escuchados. “Posibilitar que los niños, las niñas y los adolescentes participen de forma constructiva en sus comunidades y países es crucial para fomentar su inherente optimismo y prepararles para una edad adulta constructiva y significativa” asegura Carol Bellamy, exdirectora ejecutiva de UNICEF.

 

La palabra es poder. Escuchar a los niños posibilita la comprensión de su pensamiento, la inclusión e intervención en los temas que les afectan y el aprovechamiento de sus aportes a la sociedad. Son necesarias más personas que, viviendo en el complejo ‘mundo de los grandes’, carguen a los más pequeños al nivel de su mirada. Por eso, es de aplaudir el trabajo de quienes se encargan de resaltarlos o de la difícil tarea de reparar su existencia y de quienes han creado espacios de participación en los países de América Latina, para los niños, niñas y adolescentes.

 

Viviremos esperando el día en el que el mismo ejercicio de salvamento que prioriza la vida de los más indefensos como normativa de las embarcaciones, sea aplicable en nuestro acontecer diario.

 

 


Sobre Karen Malen Osorio
23 años de edad. Comunicadora social y periodista. Dedicada hace 13 años a los medios de comunicación, siendo presentadora de canales como Telecaribe y Caracol Internacional, y columnista desde el año 2013 del diario La Libertad. Es la directora y creadora de la Fundación Diez. Apasionada por leer y escribir, este año presentará su primer libro de ficción.

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2 Replies to “Los niños y la palabra”

  1. Demasiado interesante y cierto a decir verdad, gratamente sorprendido Karen que una persona tan joven nos enseñe tanto a los mas veteranos

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