Omnicidio | Cuento

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Por Stefano Llinás 

Al joven Ariel le molestaba la hilera de hormigas que cada mañana se paseaba por el alféizar de su ventana, ya que las observaba caminar, diminutas, desde un ángulo torpe (su almohada); algunas chocaban, otras trepaban, la mayoría no ejercía el derecho a la individualidad. ¿Podían ser dichas «hexápodos tenazes»? Siendo honesto, no concordaba. Prefería espicharlas con la uña antes de que alcanzaran el jarrón de vidrio, el mismo donde reposaban sus claveles, que a estas alturas, habiendo sido carcomidos por las prolongadas horas, a veces le daban ganas de llorar; sus pétalos grosellas aludían a tiempos distantes.

Su rutina solía comenzar con ese menudo acto de violencia, aunque en los últimos días había encontrado una nueva distracción entre todos los viejos muebles: un pintoresco cofre en el fondo del vestíbulo, que a pesar de su apariencia deteriorada conservaba el furioso hermetismo impuesto por los años en cada costra de óxido. Ese mismo día se había prometido comprar un alicate con el cual desbaratar el candado. Se había mudado hace dos semanas, no poseía tantas cosas, menos aún herramientas; sólo había rellenado su habitación y el lavabo con sus cachivaches; el resto del apartamento, cuyas dimensiones reales —no muy grandes—, parecían asequibles ante el vacío, se mantuvo prístino y olvidado, sin estorbar nada más que a la memoria.

La mayoría de entrepaños en la sala de estar y los pasillos aún mantenían vivos los recuerdos de una mujer, albergando unos escasos objetos decorativos que le daban al lugar una apariencia vetusta. A pesar de su presencia, los enseres heredados con la compra del inmueble no le habían estorbado; es más, la mirada complicada del retrato a carboncillo que, encerrado en un óvalo argentado, lo atravesaba cada vez que optaba por leer sobre el canapé le había dado propósito al mismo hurto del baúl. La mujer ilustrada, que portaba una serenidad endémica de antaño, lo había tramado con su juventud y su permanencia monocromática. Había terminado L’Étranger hace un par de días bajo esos ojos.

Como era de esperarse, dejó tirado su calzón en una esquina, luego de levantarse, y caminó desnudo hacia el lavabo, donde se quedó escrutando la mugre del espejo. Aunque el color de las baldosas —celadón— había permitido ensoñaciones sobre el retrete, Ariel prefería no gastar mucho tiempo en ese ambiente, siendo sus intereses higiénicos primitivos; a su vez, admiraba las moscas que se habían pegado al papel adhesivo que él había guindado detrás de la puerta, buscando con pérfido deseo el fútil crispar de sus patas velludas. Esa mañana se duchó, aprovechando un súbito anhelo cachondo para masturbarse y perder el tiempo, y se afeitó, también. Uno de sus últimos consuelos era el acto de admirar su hombría bajo el chorro.

Salió mojando el suelo, exhausto, agarró una toalla. Una vez seco se vistió; de camisa blanca y corbata mostaza, tenía la intención de verse bien, pero no de impresionar. Buscó por unos segundos un sombrero entre la turbulencia del armario pero se cansó; seguía su costumbre de ponerse al final los pantalones—si se le hacía posible, a veces calzaba los pies prematuramente, ya que la incomodidad le parecía graciosa—; no tardó mucho más en estar arreglado, con el pelo engominado y un bozo semitransparente, para poder girar la llave y enclaustrar su pasado en el hogar, mientras azotaba el asfalto de las calles en busca de su herramienta.

Al llegar a la planta baja y deslizarse bajo el umbral quedó entre el ardiente cuidado del calor. Sofocado extendió su cuerpo sobre el andén, casi sin convicción en el paso: parecía desplazarse careciendo locomoción vertical, como lo haría un patín perdido. Le prestaba demasiada atención al compás de sus hombros, y al llegar a la esquina, pasando por delante de varios peatones, retándolos con una mirada ruda, volteó a observar la fachada de su edificio, buscando su ventana y sus hormigas, silenciosamente despidiéndose, a lo cotidiano, de su pequeño rincón del mundo; introspección fugaz pero no espontánea.

Ariel conocía poco de la ciudad, pero tenía la seguridad de haber vislumbrado una ferretería a unas cuadras de distancia, cuando había merodeado en frente del teatro, junto a una pandilla de fumadores, y había aprovechado el viaje para escupir en el parque. ¿Había recibido el fideicomiso? Ese día no, el siguiente; no habría desperdiciado su baba habiendo tenido dinero. No se equivocó: al cruzar la última esquina vio tres motocicletas sucias y un hombre cubierto de pies a cabeza en manchas de aceite, con un trapo rojo en el bolsillo trasero de su delantal; el lugar exudaba un aura de bazofia metálica tan abrumador como inconfundible.

Estuvo varios minutos rondando los pasillos en un estupor de colores, para luego ayudar a una señora a encontrar unas tuercas; también pudo hallar el alicate que buscaba, pero no antes de haber fantaseado delante de un pequeño lanzallamas: aunque aún no había indagado en la pirotecnia, el fuego siempre había ocupado sus fantasías; pero tenía cuidado, y le tenía miedo también: dejó la admiración para otro momento al recordar el accidente.

Finalmente pagó, y huyendo de su denominación como zángano urbano, evitó el revoloteo distraído en su camino de regreso; la combinada fuerza de su determinación y curiosidad lo mantuvo teledirigido —el subconsciente nihilismo de la vida también ayudó. Decidió tomar el mismo camino de vuelta, son su embolsada herramienta en la mano derecha, cuando a veces, en los días en que se sentía menos distanciado de la humanidad, recorría nuevos tramos y avenidas en busca de alguna sonrisa digna de ser recordada. Pasó frente al prostíbulo donde había presenciado altercaciones a horas de la madrugada, que le habían servido para ocupar las noches de insomnio, y pasó por la floristería donde había escogido con preámbulo extenso y dedicación los claveles rojos, sus favoritos. Pero no volteó; siguió su camino, con su andar de maniquí descortés, hasta llegar a su apartamento.

Frente a su puerta, con la inmediatez del descubrimiento haciendo palpitar su corazón, volvió a sí; volvió a ser Ariel y no el muchacho desprendido que exploraba la ciudad y caminaba fugazmente sin prestar atención, evitando estrépito y conflagración, pensando con mucho miedo sobre su futuro. Entró albergando nuevas preocupaciones, y se ubicó frente al cofre para comenzar el proceso. La destrucción fue más trabajosa de lo que hubiera esperado: como si untado de mantequilla, al hacer fuerza y presionar, el alicate se deslizaba inútilmente, punzando el piso con los vestigios de fuerza que él le impulsaba. Al caer la noche ya había logrado hacer que el metal sangrara con el fulgor plateado de sus adentros; los brazos los tenía fatigados, la euforia hecha añicos.

Pero darse por vencido sólo habría propagado aún más el tiempo disponible de las tardes en las que prendía el televisor, en silencio, para evitar verlo. La mañana siguiente, después de haber espichado un par de hormigas, y después de haberse lamentado por no haber comprado una lupa con la cual aterrorizarlas, prosiguió con su labor hasta vencer. Nuevamente haciendo uso de su innata habilidad por prolongar la satisfacción, estuvo a punto de dormirse antes de haber descubierto qué guardaba el cofre: de no haber sido por la laboriosidad del intento y el misterioso bosquejo de la sala, habría hecho la siesta en plena tranquilidad.

Lo abrió con un suave chirrido: en su interior encontró un portafolio de cuero, cerrado con un nudo de cordones e inscrito, sobre un pequeño recuadro amarillo, con el nombre Felisa Bejarano; un trapo de seda envolviendo ciertas cosas; un daguerrotipo polvoriento de una pareja y una recién nacida, con el año 1913 escrito en su respaldo; un ejemplar de la edición original de 1871 de Primitive Culture, de Edward Burnett Tylor; otro de Autobiography, with Memorials de Harriet Martineau y Maria Weston Chapman; y un último tomo de The War of the Worlds de H. G. Wells: éste, a pesar de haber sido publicado luego que los demás en 1898, se encontraba en el peor estado (seguramente por ser el más leído).

Las pertenencias habían sido arregladas perfectamente por una mano delicada y cautelosa para ocupar el espacio exacto del cofre; al ser sacadas, Ariel utilizó la misma meticulosidad para alinearlas sobre el suelo, donde podían ser mejor observadas. Lo primero que inspeccionó fue el paño: tomándolo en la palma de su mano izquierda, lo desenvolvió con la derecha, halando hacia arriba desde una esquina suelta; una pluma y un tintero cayeron sobre su palma, lo que le produjo una ligera decepción: aunque era de esperarse, había tenido ilusiones de encontrarse con un mechero de época o una antigua brújula.

Dejó a un lado los utensilios, y al ojear los títulos de los tres textos, prefirió tomar el portafolio e ir a leer a la sala. La teoría antropológica aún no le era de agrado, o por lo menos eso pensaba, al ignorar la realidad con la que dicha ciencia se involucra. Al desatar el nudo y separar la cubierta, que con los años se había pegoteado a la contraportada, encontró varios pergaminos envejecidos, que tenían una extensa caligrafía sobre ellos. El primero leía así:

«20 de agosto de 1937                       

Diario:

He aquí la lista final, concisa y absoluta:

  1. Diluvios, cambios radicales en temperatura, etc.
  2. Impacto de meteorito
  3. Erupciones volcánicas a gran escala
  4. Una segunda Gran Guerra, de final apocalíptico*
  5. Colapso ecológico global*
  6. Disgenesia humana*
  7. Sobrepoblación*
  8. Pandemia, plaga
  9. Declive de población*
  10. Invasión alienígena

He agregado el punto 9; éste no habrá sido juzgado por la Academia. ¡En pocos días debo recibir su respuesta! (Como referencia, los escenarios marcados con un * son de causa humana).»

Ariel detuvo la lectura; no sabía mucho más que antes: la críptica lista le pareció suficientemente concreta e imaginativa; la fecha inasible para su concepción del tiempo. Pensando en la mención de la Academia, prosiguió, tomando en sus manos el siguiente documento:

«23 de agosto de 1937                       

Srta. Felisa Bejarano

Cra. 48C #42 – 114

Barranquilla, Colombia

 

Estimada:

En respuesta al envío de su propuesta titulada Estudios futuros: la importancia de la debida clasificación de los posibles escenarios de extinción humana tenemos el deber de informarle que la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales sólo toma en cuenta proyectos de autoría profesional. Con mucha pena le devolvemos sus escritos, puesto que no hay cabida para agrandar el campo de investigación antropológica por deseo de una aficionada.

Le recomendamos el cese de su intento de manera amigable, ya que será imposible la inclusión de ideas tan descabelladas a cualquier ámbito científico del país, y le adjuntamos en el sobre un folleto que contiene oportunidades laborales más a su favor. Tal vez en ellas encuentre la verdadera forma de aprovechar su imaginación; la industria textil esta en auge en estos momentos.

Dese por halagada al siquiera recibir una respuesta escrita; simplemente fue un evento gracioso el leer los primeros párrafos de su disertación, y por ende un gusto rectificar su camino. La ciencia no es para usted.

 

Amablemente,

Desiderio Fabregas Ortiz

Secretario A.C.C.E.F.N.»

 

El cielo se estaba vistiendo de ultramarino al Ariel bajar la carta hasta el suelo, con una punzada dolorosa en el orgullo haciéndolo fruncir el ceño; la condescendencia y la misoginia del secretario lo habían herido inclusive a él. Tomó en sus manos el último par de folios:

«12 de septiembre de 1937                

 

Querida mía:

He recibido noticias de tu estado, por parte de mi hermano. He comenzado esta carta sin aliento y llena de preocupación por ti. ¿Qué te ha sucedido? Nuestro último intercambio fue tan dulce, Felisa, me hablaste de la luna y de como ella sería testigo de todo. Siempre me han gustado tus peculiares pensamientos.

Arsène y tus padres han comenzado a hacerme preguntas. Están agitados por tu ausencia, especialmente tu padre. No creí que diría esto, pero tal vez sea una buena opción que consideres regresar a Bogotá. A mí también me haces falta. Aunque también han habido hablas de matrimonio y un viaje a Bruselas…

¿Ya recibiste noticias de la Academia? Yo sé que todo saldrá bien. Eres brillante. Ya comencé a leer a Cousin de Grainville; una lectura diferente, por así decirlo. Te seguiré contando.

Te aconsejo, dado el caso de un rechazo, no desesperes. No te precipites, Felisa. En el fondo de mi corazón presiento que lo harás, pero espero esta carta te alcance para evitar la tragedia. Tristemente, mis obligaciones no me permiten viajar para verte. Pero te guardo en mis adentros, Felisa, y aún guardo la esencia de tu perfume sobre mi piel. ¿Dónde me guardas tú?

No creo poder mantener tu fachada en pie, ahora que tus padres han dejado de fingir que no existo y han comenzado a preguntarme por tu paradero. Qué lástima que Arsène sea el pobre infeliz que hayan escogido para encadenarte… Es demasiado ingenuo para saber que hace parte de una conspiración.

Perdona el haber escrito en divagaciones; no me encuentro en el mejor estado. Sólo acuérdate de esto: te amo.

 

Siempre tuya,

Adalilia

 

P.D. Si no se de ti pronto, de tu propia boca, no tendré más opción que revelarle tu ubicación a tu padre. Si eso llega a pasar, perdóname, y recuerda que sólo tengo tu seguridad en mente.»

 

Ariel terminó de leer con una nueva atadura en el alma. Metió todas las hojas en orden al portafolio, exceptuando la lista, y se dirigió a su cuarto, listo para conciliar el sueño. Se pasó varias horas pensando, y sólo cuando al fin pudo nublar su recuerdo de Felisa Bejarano y su incierto destino, fue que logró dormir. Lo que habrá soñado esa noche sólo lo sabe él; la carga que ahora llevaba a cuestas, como el Titán que encogió los hombros, sólo se hizo más pesada al despertar.

Pasó el siguiente mes sumergido en el misterio: cada noche se tiraba sobre la colcha para observar la lista, auscultándola sin fin, buscando un sentido a su orden, a la añadida del punto 9, a los asteriscos; se la pasaba reviviendo el momento en que leyó las palabras del secretario, preguntándose cómo se podía ser cortés y cortante a la vez, guardando, también, un rencor inusual hacia él; ojeó el libro de Wells, y el de Martineau y el de Burnett Tylor; no se cansó de repetir el gusto de hallar el amor entre las palabras de Adalilia. Llegó inclusive a pensar que todo le había pasado a él.

Una mañana de jueves, luego de haber pasado una noche teorizando sobre la extinción humana y las repercusiones que ésta conllevaría, Ariel se detuvo a observar el hilo militar de hormigas que por varios días había olvidado. Bajo la radiante luz del sol, se acercó a mirar sus diminutos cuerpos negros. Todas eran iguales, de antenas segmentadas, ojos enormes y anatomía convexa. Todas hacían lo mismo, todas seguían su rumbo, se ayudaban. No las espichó.

Siguiendo el camino de los insectos, Ariel se dió cuenta que los claveles habían muerto, resecos, al cumplir su ciclo como utilería en el respaldo de su obsesión. Tomando el jarrón en sus manos, los llevó hasta la cocina y los tiró a la basura, aprovechando el momento para descansar. Soñó despierto por última vez sobre el retrete, perdido entre las baldosas; se masturbó una vez más en la ducha. Dejó, como era su costumbre, el ponerse los pantalones hasta el final. Como cosa rara, se permitió reír de verdad, al intentar pasar el zapato puntiagudo por el agujero del pantalón. De camisa vestía una estampada geométrica, de colores pastel.

Antes de salir a deambular entre la espesura babélica que lo esperaba más allá del umbral (era posible que regresara a la ferretería, pero esa parte de su vida es inconmensurable), pasó a sentarse sobre el canapé, para rumiar unas palabras en silencio, frente al retrato de Felisa:

«Tu historia le despojó la complacencia a mi insignificancia.»

 


Sobre Stefano LLinás

Stefano Llinás es un escritor barranquillero graduado del Savannah College of Art and Design y actualmente estudiante de Maestría en Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona. Su prosa es, ante todo, un ejercicio en estética y una exploración de la alteridad.

Su página web: <http://stefanollinas92.wixsite.com/bocadelcielo>http://stefanollinas92.wixsite.com/bocadelcielo
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