Pelo de perro | Poema

Por Odymar Varela

 

“Hay dolores de los que
únicamente podría consolarme
la desaparición del cielo”.

Ayer murió mi perro. Le quedaban cuatro meses para cumplir catorce años. Yo siempre decía: “entre el Presidente y mi perro, me quedo con mi perro” y “entre el vecino y mi perro, me quedo con mi perro”. Pero ya no está. Ya no está. Es extraña la vida. Tuvieron que asociarse humanos y lobos hace miles de años para que él y yo nos encontráramos, aunque nosotros no cazábamos mamuts, sino pelotas de goma que le arrojaba y él me traía diligentemente, en un acuerdo silencioso que la economía mundial encontraría despreciable. En Wall Street no sabían que existía mi perro. No sabían que daba grandes saltos de alegría contra mi pecho (con grave peligro para su salud y la mía) cuando le decía: “¿Vamos de paseo, Dalí?”. Nadie se ha alegrado tanto de pasear conmigo. Ninguna mujer, ningún amigo. Tu perro cree que eres Dios aunque seas un tipo absurdo y lleno de defectos. El perro se ha ido. Seguimos encontrándonos pelos blancos aquí y allí por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos la esperanza de que si recogemos suficiente pelo, seremos capaces de recomponer al perro. Ayer murió mi perro y la vida es menos humana.

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