Reseña de “Toño Ciruelo” (novela de Evelio Rosero)

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Foto: fragmento de la portada de Editorial TusQuets.

Por Farides Lugo

Debo comenzar esta reseña por una confesión. Cuando vi en la estantería de la Librería Nacional una nueva novela de Evelio Rosero, su doceava para ser exactos, pensé de mala fe. Sospecho de los autores que publican puntalmente una obra cada año, desconfío de tanta fertilidad en las letras. Sin embargo, Rosero no pertenece a ese grupo, fue un error mío, recientemente había leído gran parte de su excelente obra y eso me llevó a juzgar de manera precipitada. Lo cierto es que este escritor se toma en promedio unos tres años para dejar ver sus hijos a la luz pública. También debo confesar que el título de la novela no actuó como gancho eficaz: Toño Ciruelo. No sabía ni qué esperar. Pasé varias veces mis ojos por ese lomo sin decidirme a comprarlo. Mi contacto con el libro vendría semanas después como una tarea autoimpuesta.

En Barranquilla se celebró “La galería del libro” del 25 al 29 de octubre de 2017. El evento, un tanto ambicioso, trajo autores de primera, entre ellos, mi favorito: Evelio Rosero. Estaría en conversación con Francisco Barrios, precisamente sobre su última novela Toño Ciruelo, la que me rehusaba a comprar en esa nada barata edición de Tusquets Editores. Tuve que hacer la inversión para poder asistir al evento con dignidad de lectora enterada y valió la pena.  

A pesar del título completo del evento: “La galería del libro: el Caribe lee”, en el conversatorio, tanto Francisco Barrios como Evelio dieron por hecho que ninguno de los asistentes había leído una sola página de la novela. Barrios planteó preguntas iluminadoras, pero todo el tratamiento de los temas se dio de manera cuidadosa para “no arruinar” la futura lectura del público. Al final, cuando tuve la oportunidad de intervenir, entre otras cosas, planteé lo especial que era tener a este autor charlando sobre esta obra justamente en Barranquilla, ciudad que toma un lugar protagónico en dos de los capítulos más alucinados de la novela. Para mi decepción, Rosero reconoció no haber hecho esta relación, más aún, no recordaba en ese momento que la Costa invadía ciertas páginas de Toño Ciruelo. Antes de que se retirara del salón, obtuve su firma en mi libro: “Para Farides, con todo cariño su amigo de siempre. Evelio Rosero”. Me sorprendí de sus palabras y entendí cuánta generosidad cabe en este hombre. Ambos sonreímos como cómplices, nos despedimos, tal vez, por primera y última vez en nuestras vidas.

A pesar del descache de mi intuición literaria, Toño Ciruelo vale la pena ser leída. Dentro de la obra de Rosero, este libro ocupa un lugar singular, pues hemos sido testigos de sus profundas reflexiones sobre el mal y la violencia con todas sus máscaras en títulos como Los ejércitos, Señor que no conoce la luna o Juliana los mira. Toño Ciruelo es particular porque aquí no tenemos una denuncia, sino que esta historia, que trata la génesis de un asesino serial, se va construyendo sobre la morbosa fascinación que este personaje negativo despierta en el narrador y, por extensión, en los lectores: “Él, ese engendro, ese ogro, ese leviatán, ese espantajo, aberración del país, equívoco humano, yerro del alma, aborto social, ese fenómeno, ese esperpento, ese adefesio, ese lobo hombre (…) ¿Por qué iba hasta él?”.

La aguda filósofa Hannah Arendt nos advirtió de la banalidad del mal. Su Eichmann no era la encarnación de nada, sólo un tipo ordinario y obediente que confesaba haber seguido órdenes. Rosero no toma esta bifurcación del camino para abordar el mal, su Toño Ciruelo, su asesino, está lejos de una existencia corriente. Por el contrario, es rico, ilustrado, manipulador, cosmopolita, de vez en cuando tira sus latinajos y hasta parece tener poderes telepáticos. Esta mezcla de lo imposible en una única persona crea un perfil psicótico embriagador que mantendrá pegado al lector de principio a fin. Es una novela adictiva. Luego, vendrá el malestar.

Toño Ciruelo es una obra que te confronta éticamente. Después de años de críticas a las narcoproducciones colombianas con las que el público termina amando y admirando al traqueto, uno se pregunta: ¿qué sentido tiene para Colombia, un país tan demencial, que sus grandes escritores modelen asesinos en serie absurdos, excéntricos y fascinantes?

Me llamo Antonio Ciruelo (…) soy el conde Toño Guadaña, a sus pies, salí de la tumba hace treinta años, un día de abril, nací en mi país, les digo, si yo hubiese nacido en otro país, si mis padres hubiesen sido otros, con seguridad yo sería otro, de otro país, pero soy hijo de mis padres, soy de mi país, no puedo ser otro, soy el que soy, hombre de mi país, hombre de mi siglo, hijo de los padres de mi país, y las trincho por el cuello.

Esta fuerte confrontación que nace en las entrañas mismas de Toño Ciruelo magnifica a la obra. Parece que nos estuviese advirtiendo que debemos tener cuidado, debemos estar atentos porque el mal puede tocar a nuestra puerta y llenarlo todo con su nauseabundo encantamiento: “Las vías digestivas de Toño Ciruelo, mi conocido (nunca podrá llamarle amigo) se volcaron sobre el techo y las paredes, inundaron los cimientos, rebasaron las ventanas, se adueñaron de este viejo barrio de Bogotá, lo remecieron, y después la ciudad entera cayó pulverizada”.

Evelio Rosero afirma haberse inspirado en una historia real para trabajar esta novela. Caminando por las calles de Bogotá, un día, se encuentra con un titular de prensa que le presentaba como un asesino serial recién capturado a uno de sus antiguos compañeros de colegio. Lo cierto es que la creación de Rosero, aunque tome como punto de partida la “historia oficial”, es prolífica. El universo narrativo de Toño Ciruelo es muy rico en elementos y temas: la amistad entre adolescentes, la criticada educación religiosa, la relación con el sexo opuesto, la exposición del dolor, son algunas de las arterias principales que irrigarán el contexto en el que se destaca Antonio Ciruelo, antihéroe colombiano, espejo maléfico en el que será necesario observarnos para intentar comprender nuestra oscura, antigua y estrecha relación con el mal.

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