Se me acabó la lumbre | Cuento

Por Manuel Lugo

 

Todo estaba oscuro. Martino había sacado la panela, algunas frutas y tiras de carne salada para el viaje; mientras las guardaba en sus costales, una linterna a gas, ubicada en una de las esquinas del rancho, luchaba contra los trazos oscuros del ambiente húmedo. Me levanté del taburete en búsqueda de un reloj de pared para saber la hora, entré a la casa contigua y miré las paredes de madera, pintadas de un color verde ya opaco por causa del tiempo. Buscar el reloj era difícil sin iluminación en la casa.

⸺Se me hace que son las ocho, ya es tarde⸺ me dijeron.

Los burros comenzaron a rebuznar con sus ojos firmemente abiertos e iluminantes como estrellas. Escuché un murmullo en el primer cuarto, mientras seguía con mi mirada buscando la hora.

⸺Como detienes la vista del ciego ⸺escuché⸺ y así bajas a la cueva del armadillo de oro acompañado del perro negro que mordió las vísceras y la hiel a San Francisco, que su dolor se distribuya en las ligaduras de… magnificat anima mea, amén.

El temor se apoderó de mi cuerpo, cada latido de mi corazón era una lucha contra la incertidumbre de la “realidad”, una gota bajó lentamente por mi espalda e hizo que mi guayabera poco a poco se impregnara de sudor. Del cuarto salió una sombra que venía hacia mí sigilosamente, levitando, algo más oscuro que la oscuridad, sin facciones. Intenté retroceder, pero mi cuerpo no respondía, era una sombra más, integrada a la casa y a merced de sus antojos. Eso se acercó a mi rostro, estaba bañado en sudor, todo húmedo. Ya no estaba delante de mí, sino detrás, eso respiraba, de reojo quise mirar la sombra que me susurraba suavemente, tal vez en swahili: “Usiko unabastua”.

Palabras tan extrañas, tan lejanas y a la vez tan entendibles a mi alma. Burbujeó mi sangre, estaba a punto de evaporarse y salir por mis poros, la casa me miraba, todos sus elementos constituían el público. En medio del pánico giré lentamente la cabeza para ver la sombra y me encontré con la mirada fija de los burros, que seguía centelleante a pesar de la noche; estaban en el rancho con su sonrisa blanca y burlona, testigos de la escena, reían de mi mente.

Luego estuve solo, sin sombra, sin público, sin reloj, aunque escuchaba su sonido: ¡Tic!, ¡Tac! Lo escucho, pero no lo encuentro. Al cabo de un rato me sentí con fuerzas para continuar mi búsqueda, dejé a un lado el miedo que me había causado esa visión, una más de las tantas que he experimentado desde que tengo memoria; hacia el primer cuarto sonaba el supuesto reloj, abrí la cortina que hacía de puerta y me encontré con una olla de cocina, tropecé y la sentí pesada como si estuviera llena de agua. Olía a sangre. Una luz se encendió en el cuarto y me mostraba el siguiente cuadro: la olla en la entrada, llena de agua y con un espejo cuadrado sumergido, manchas de sangre por todo el piso y huesos recién pelados de algún animal desdichado.

Una mano tocó mi hombro, casi grito, era Martino, me hacía señas de que saliéramos y que guardara silencio. Con gran asombro constaté que la sala, mejor dicho, toda la casa estaba iluminada; el maldito reloj al final del pasillo marcaba las ocho de la noche.

⸺¿En esta casa de mierda qué es lo que hacen?⸺ pregunté.

⸺Ya Lázaro llegó, póngase pilas y deje las vainas de mi mamá quietas, ya nos vamos.

Martino era un negro con mirada escrutadora, de edad indeterminada, mucho después me enteré que ni él mismo lo sabía. Vendía mercancía por las veredas de esta región, pero los viajes “pesaos” tocaba hacerlos por la noche, eso me explicaba, yo era nuevo en este asunto y un joven foráneo.

La brisa estremeció el árbol inmenso de Sangregado que estaba frente a nosotros.

⸺¿Sí ve esa estrella por allá?⸺ señaló Martino.

⸺Sí, claro.

⸺Bueno, derechito por ese rumbo llegaron mis viejos a estas tierras, huyendo de las matanzas, aunque esas siempre tienen las patas largas.

Llevábamos unas cuatro horas a pie por el camino, los animales subían una empinada barrosa con mucha dificultad, las abarcas se hacían imposibles de usar por lo pesadas que se volvían, sentía mis pies húmedos, chapoteaban entre barro oscuro, aunque brillante ante el resplandor de la luna llena. Nos hundíamos hasta las canillas en ese río de lodo y salíamos con pasos cansados, mojados, en fin, pasos de hombre.

Dos días atrás llovió y el olor a vegetación alegre se sentía en todos esos cerros, bailaban todo tipo de árboles y animales. Una brisa fría pronosticaba el acercamiento del invierno y alentaba mi carácter; tenía este nuevo trabajo con Martino que suponía un buen dinero para mí, estaba soltero y mi único familiar era un tío, chofer de mulas.

⸺Ese lugar a donde vamos a entregar esto, ¿a cuánto está?⸺ El tipo llamado Lázaro nunca hablaba, llevaba la cabeza sumida hacia sus pies fangosos y empujaba su burro.

⸺Llegaremos en la madrugada ⸺respondió Martino⸺ Pongo yo como a tres tabacos, más o menos, mientras sacaba del pantalón uno y lo prendía a bocanadas gigantescas.

⸺No se impaciente mijo que este trabajo es de paciencia y vigilia, hay que estar pendiente de todo⸺ palmeó su machete al cinto.

El camino se hacía casi inexistente, íbamos bordeando un arroyo muy tupido por la vegetación, tenía miedo de pisar alguna culebra. Es increíble la destreza que adquieren estos hombres para caminar horas en completo silencio y sin ninguna guía más allá de los árboles y las estrellas. Su vida es una constante procesión mortuoria, deben llorar en silencio y en muchas ocasiones.

Martino salió de su aferrado mutismo y comenzó a contarme historias de viajes que había realizado: la vez que estuvo preso en Valledupar, su ocurrencia para volarse; sentí que me cuidaba, su dentadura prístina siempre me sonreía mientras me decía que apenas comenzara a ganar dinero lo disfrutara al máximo, hay que aprovechar la juventud trabajando y siendo útil, ya hay muchos vagos y los ricos están contados en este país.

⸺Este trabajo tiene todo lo que un hombre desea, mijo: viajes, aventuras, mujeres y libertad.

⸺Me gusta eso.

⸺Ya lo verás, mijo, ya lo verás.

Luego de alejarnos del arroyo, el camino se adentraba a lo que en algún tiempo fue una finca ganadera. El pasto muy olvidado tenía una altura de un metro. Se observaban los primeros postes de alambre púa. Lo peor: un hombre de pie, recto, tal cual los postes. Un chiflido del negro detuvo las bestias, me dijo que las sujetara mientras él veía quién era. Lázaro se fue junto a él, agarraban sus machetes con precaución. No logré escuchar la conversación, pero noté que la sombra del tipo estaba armada, tuve escalofríos. Al cabo de unos minutos regresaron y continuamos sumidos en el silencio habitual, el sujeto con andar militar cruzó la cerca de alambre y se mimetizó en el tronco de un árbol como las vírgenes. “Una virgen armada”, pensé, me persigné ante tal idea. Caminaba sin mirar atrás, aunque me moría de las ganas. Siempre he pensado que mis ideas raras son las que hacen que tenga visiones: tantas luces de noche y tantas sombras de día.

⸺¿Qué quería ese tipo?, pregunté.

 

⸺Vigilantes de cultivos, respondió secamente Martino mientras se adelantaba a la carga. Al cabo de media hora, costeábamos otro pequeño arroyo, quizás el mismo de antes, aunque un poco más seco. Nadie había vuelto a hablar, escuchamos de pronto un silbido imitando a un pájaro. Nos detuvimos, hombres armados con fusiles estaban del otro lado del arroyo.

⸺¿Y esa carga para dónde va?

⸺Para la carpa del medio, respondió Lázaro.

⸺¿Traen al man?

⸺Este ⸺señaló Martino hacia mí⸺ es un pelao, pero quiere trabajar. Los tipos cruzaron el arroyo por un tronco caído y me llamaban.

⸺Bueno pelao, ¡nos vamos! ⸺dijo uno de ellos⸺ se te acabó el paseíto. Lázaro y el negro no observaban la escena, se limitaban a ordenar la carga de los burros.

⸺¿Cómo así, Martino? ¿Quiénes son ellos?, pregunté alterado.

⸺Mijo, usted desde aquí se va con nosotros y deje la maricada que se va a hacer hombre. Respondió la misma voz mientras ponía su fusil en mi pecho e indicaba que cruzara el arroyo.

⸺Lo siento, mijo, habló Martino, su aventura comienza ahora.

Las manos me sudaban, mi corazón latía muy fuerte, me sentía cansado, aturdido cual conejo destellado.

⸺No me hagan esto, miren que soy pobre, ¿para qué me van a secuestrar? Los hombres rieron, el negro y Lázaro terminaron su acomode y azuzaron las bestias. Martino alcanzó a decirme:

⸺Me lo agradecerá, mijo. Ya los cargadores estamos completos. Recuerde mis palabras: las cosas buenas le vendrán ahora. Disfrútelas, pero como un recluta.

⸺No me haga…

⸺¡Cállese!, me gritaron, a este guevón le hace falta mano firme, ¡nos vamos!

Cruzamos el tronco y los hombres se despidieron del negro, era una sola sombra, brazos cruzados y el infernal tabaco encendido.

⸺¡Cuidado con ese!, gritó, está medio loco. Vi su sonrisa, en él había la oscuridad que en todos estos montes me sonríe.

Llega la noche, un nuevo rumbo, cada vez más incierto, nos adentramos y perdí contacto con su sombra. Llegué a verlo como un hermano, un padre, ¡qué ingenuo! Puede que consiga muchas cosas, Martino, pero, ¿y mi libertad? No pude decírtelo, gritártelo, escupírtelo.

Muy pronto amanecerá, pero todo sigue oscuro ante mí, ya no hay fuego, no hay luces, la oscuridad más fuerte es justo antes del día; espero otra de mis visiones, o que tal vez esto terrible que me ocurre sea una más. Puede ser que en una de esas visiones aparezcan mis pies cortados por espinas. Sombras de extraños me acorralan y lo que hay más allá de esos árboles: una que otra virgen del monte oculta. Sigo preocupado: se me acabó la lumbre.

 


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