Seis veces para Ignacio | Cuento

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Ignacio estaba obsesionado con contar cada uno de los alimentos servidos en su plato, tenían que ser seis, solo así podía empezar a comer. Magdalena, su mujer, ya no aguantaba esta situación; se sentía la esclava de Ignacio y no su esposa. Lloraba en silencio cuando su marido dormía para no quedar como débil frente a él. Por más que soñaba con gritarle a la cara que no quería seguir siendo la esclava de su absurda obsesión; ella aun no tenía el valor para hacerlo, en el fondo le tenía algo de miedo o algo de amor.

Ignacio se había alejado hacía muchos años de su esposa y solo la veía como la mujer que lo atendía. Poco o nada le importaba como se sintiera ella; después de que le cumpliera con los seis alimentos en cada comida, para él era suficiente.

Llevaban más de treinta años juntos y solo habían tenido una hija que padecía de una discapacidad cognitiva, por lo que la joven no se daba cuenta de la situación real de sus padres. Magdalena creía que su marido había cambiado desde que su hija había nacido, pero prefería no pensar en eso; le aterraba imaginar que Manuela recibía el mayor rechazo de su propio padre.

En esa casa nadie hablaba, solo suponían en silencio lo que cada uno pensaba del otro.
Una mañana, Magdalena se levantó diez minutos más tarde de lo habitual, no se sentía muy bien, había pasado toda la noche con algo de fiebre y una fuerte migraña que la aturdió por varias horas. Pero Ignacio ni lo notó, ambos dormían en camas separadas dentro de la misma habitación para disimular su mala relación frente a su hija. Pero de lo que sí se había dado cuenta Ignacio era de la demora de su mujer a la hora de servirle la comida. Cuando Magdalena le puso el plato del desayuno en frente, éste se puso neurótico al notar que le faltaba un alimento.

── ¿Te estás burlando de mí? A estas alturas no me vengas con cuentos de que no sabes cuántos alimentos son.

Magdalena, quien parecía esa mañana estar decidida a todo, se acercó de manera brusca al plato de su marido, tomó uno de los panes y lo partió por la mitad, haciendo que así se completaran los seis alimentos del desayuno. Era lo más atrevido que había hecho por primera vez en tantos años, y aunque no sabía cómo iba a reaccionar Ignacio, su sorpresa fue mayor cuando notó que no dijo nada, sino que empezó a comer una vez contó los seis alimentos en su plato.

Ese día descubrió que la obsesión de su esposo no era por seis alimentos diferentes, sino con el número seis. Eso la había dejado aturdida, pero en el fondo era un poco de respiro para ella, porque así no tendría que cocinar tantos alimentos al día, tan solo debía distribuirlos en seis unidades. Así que al medio día puso en práctica la misma táctica, la cual volvió a funcionarle, por lo que la repitió en la noche, y al otro día, y al otro día, hasta que se volvió parte de la rutina de los dos.
Ignacio sí se había dado cuenta de la astucia de su esposa, pero no le dijo nada, no quería hacerle pensar que era un halago a su inteligencia. Y Magdalena, aunque se moría de curiosidad por saber la obsesión del número seis con las comidas de su marido, prefería no preguntarle nada para que él no pensara que a ella le importaba en algo su vida. Así fueron pasando los días y meses, sin que ninguno de los dos se dijera algo al respecto, sus vidas seguían iguales, se hablaban solo para lo necesario, cada uno cumplía con sus obligaciones, y solo fingían una leve cercanía y amabilidad cuando su hija estaba cerca, para que ésta no sufriera.

Una noche Ignacio, cuando regresó del trabajo y se disponía a sentarse en la mesa para comer, notó que Manuela se sentó a su lado y sonriendo le dijo:

── Hoy comeremos los tres en la mesa, como una familia.

Ignacio quedó sorprendido al igual que Magdalena, pues su hija nunca se sentaba en la mesa a comer, y menos lo hacían los tres al mismo tiempo; ella siempre prefería hacerlo frente al televisor.
Al colocar los tres puestos en la mesa, notaron que Manuela miraba con detenimiento el plato de su padre. Ignacio sentía la mirada de su hija y no sabía cómo contar los alimentos de tal forma que ésta no se diera cuenta. Esa noche en particular sería la comida más incómoda y amarga para Ignacio; en cambio Magdalena, en silencio, celebraba la presencia de su hija en la mesa, y esperaba la reacción de su marido ante el nuevo acontecimiento, quería saber también cómo haría para empezar a comer.

── ¿Por qué tienes los mismos alimentos de nosotras, más veces en tu plato papá? ─Preguntó Manuela, sorprendida──

El sudor comenzaba a brotar por la frente de Ignacio, quien sabía que la que más gozaba con la situación era su mujer.

── Me gusta que se vea bastante comida hija, eso es todo… comienza a comer.

── ¿Pero por qué la tienes separada en… uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis partes?

Y ahí estaba la pregunta que Magdalena por tantos años quería haberle hecho a Ignacio; sin pensarlo ninguno de los dos, era su hija quien al parecer resolvería el misterio de tantos años.
Pero justo cuando Ignacio, quien estaba más rojo que nunca y el sudor cada vez se extendía más por todo su cuerpo, se disponía a responder, Manuela se levantó de la mesa rápidamente con su plato en mano y les dijo:

── Prefiero irme a comer viendo la televisión.

Ambos, en un silencio absoluto, quedaron solos en la mesa. Magdalena no pudo evitar su rostro de frustración, en cambio Ignacio, sonrió en señal de triunfo, contó sus alimentos y empezó a comer.

 


Sobre Aliana Rosero

Soy Administradora Turística barranquillera. Me desempeñé durante siete años como Auxiliar de vuelo. Realicé un Diplomado en Docencia Universitaria, y un taller de Escritura Creativa. Escribir es una pasión que traigo conmigo desde que tengo memoria y, mientras anduve en las alturas, siempre viajaba por mi mente la maravillosa idea de contar historias.
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