Trump y un reordenamiento forzado e incierto

Las primeras semanas de Donald Trump al frente de la Casa Blanca han sido, quizás, las más agitadas en los 25 años desde que terminó la Guerra Fría e inició una nueva era en la que los Estados Unidos han dedicado esfuerzos en mantener un orden global en torno al libre comercio y al fortalecimiento de la democracia.

Sólo entre 1990 y 2000 aumentaron de 79 a 120 el número de democracias electorales en el mundo. A partir del poder militar, del fortalecimiento de la OTAN y de las alianzas con la Cuenca del Pacífico y pilares de la Unión Europea, Estados Unidos pudo consolidar un modelo económico global en el que sus aliados se fortalecieron y, por ende, crecieron. Su principal enemigo comercial, China, se vio forzado a ingresar en el mercado internacional, las economías emergentes que aceptaron su ayuda pudieron enfrentar -en el caso de Colombia- la lucha contra las drogas, reforzar sus políticas migratorias con financiación de Washington (México y Centroamérica) y ponerle fin a regímenes dictatoriales luego de varias décadas (Primavera árabe) aunque las consecuencias no hayan sido las mejores (salvo en Túnez) ante la imposibilidad de reestablecer un orden político y social por cuenta de los vacíos de poder originados.

Esta etapa, si bien trajo consigo cierta estabilidad y ‘superioridad’ de occidente, y cuyo punto más alto alcanzó luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 su pretexto de un alza tributaria en aras de fortalecer la seguridad nacional, se ha ido debilitando debido a diversos factores, entre los cuales enunciamos sólo algunos de los más relevantes.

 

La Guerra en Irak y el reordenamiento del mapa geopolítico

Los nefastos resultados de la intervención militar en Irak (4 mil soldados americanos y 132.000 civiles muertos) sin que el régimen de Sadam Hussein hubiese estado directamente relacionado con el 11M dejaron consigo una desconfianza por parte de la Comunidad Internacional hacia la política exterior de Washington ante la poca claridad de sus verdaderas intenciones. Esto, si bien permitió un reforzamiento de la ‘política blanda’ luego de la llegada de Barack Obama, creó un clima de confusión e incertidumbre fuera y dentro del país, ya que los americanos también empezaron a dudar de la viabilidad del riesgo al que se ve amenazada la seguridad nacional, lo que ha terminado por prolongar durante 15 años el estado de emergencia en su territorio. El vacío generado por Hussein fue fuertemente aprovechado por ISIS, que a día de hoy funge busca extender su califato derrocando al actual gobierno (chiita) liderado por el Primer ministro Haider Al-Abadi. La guerra en Irak y el crecimiento de ISIS fue quizás el mayor termómetro para determinar el fracaso de la política estadounidense en Medio Oriente.

El modelo pide una reestructuración en parte porque los norteamericanos comprenden cada día en menor medida una justificación que sustente la amenaza a su seguridad nacional y por ende se entiende cada vez en menor grado una mayor carga tributaria al respecto. La ‘redefinición’ del modelo luego del 11M terminó por permear una política global a través de sus enemigos antiguos y posteriores y por ende, la adhesión de nuevos aliados. El problema radica en que durante la Guerra Fría sí hubo un enemigo común que puso en riesgo la seguridad global, como lo fue la amenaza nuclear de la URSS, lo que forzó a la Casa Blanca a la formación de un bloque anti-socialista para contrarrestar el crecimiento soviético. Ya con la URSS desaparecida y el orden económico, comercial y social reestablecido en occidente, los valores globales que pasaron a componer la política exterior norteamericana serían el libre comercio y la democracia, a lo que se sumó la lucha anti-terrorista luego del 2001.

La amenaza nuclear por tanto se centra en Irán y Corea del Norte, habiendo sido sin embargo controlada con éxito por occidente por medio de la ‘colonización militar’, la OTAN y cooperación comercial entre Washington, la UE y la Cuenca del Pacífico. Ante una amenaza nuclear relativamente controlada, Estados Unidos internacionalizó su propio paradigma de riesgo bajo la misma metodología con la que enfrentó la Guerra Fría y con la que buscó instaurar los valores de democracia, libertad y estabilidad económica.

La consolidación de Japón y Alemania como referentes globales puede ser otra razón para llevar a la Casa Blanca a replantear su estrategia, esto debido a la cada vez menor dependencia económica del bloque hacia Washington y ante el rol protagónico con el que juega por ejemplo, la canciller Angela Merkel por medio de su flexibilidad ante la llegada de refugiados sirios, habiendo recibido ya más de un millón y consolidándose como promotor de valores de libertad e igualdad a nivel continental y global. La consolidación del liberalismo económico y la democracia en occidente y Asia oriental que a su vez han generado un sinnúmero de acuerdos comerciales nos generaban hasta hace no mucho una percepción casi nula en torno al éxito de los nacionalismos en Europa y América en un sistema democrático electoral. La elección de Donald Trump, el fracaso del referendo constitucional de Mateo Renzi en Italia, la victoria del NO en el plebiscito por los acuerdos de paz en Colombia y el Brexit, además de las corrientes de ultraderecha que avanzan paso a paso en Austria, Holanda y Hungría transmiten cada día más un descontento hacia el sistema como tal que más allá de una posible emancipación económica de varios de sus principales actores (algunos ya mencionados arriba), se nutrió del apoyo financiero, comercial y militar norteamericano como primer referente a la hora de direccionar el nuevo orden global ante la caída de la URSS. A todo lo anterior se suma la carencia de una ciencia que soporte la política exterior de Washington, generando ante todo un órgano mucho más reactivo que proactivo y generando cada día más división dentro y fuera del país.

 

El ‘internacionalismo’ americano y la historia

Quizás el factor más determinante que pueda darle un fin mucho más prematuro al sistema es el resurgimiento de los nacionalismos, pero en particular el liderado por Donald Trump, que a todas luces carece de bases teóricas dentro de lo que ha representado esta manifestación como tal a lo largo de la historia de los Estados Unidos. El profesor de ciencias políticas de The George Washington University Henry R. Nau realizó para The American Interest un especial sobre el nacionalismo americano ‘internacional’ que salvo períodos cortos de fragilidad económica (crack del 29) manejó con el fin de mantener a flote su política exterior, aunque con diferentes matices. Partiendo del ‘sueño de libertad’ de Thomas Jefferson, Estados Unidos siempre puso sus puertos a disposición de quienes huían de la pobreza, de la guerra y la desigualdad.

Cabe resaltar el ejemplo de los cerca de cuatro millones de italianos que entre 1880 y 1915 emigraron ingresaron por Ellis Island en Nueva York buscando una nueva forma de poner en marcha la economía del sur ante la división que generó Garibaldi con la unificación. Las remesas de quienes ocupaban oficios secundarios tales como la mano de obra en áreas como la construcción o manufactura salvaron a muchas familias del sur que por ese entonces padecían la centralización del poder político, económico e industrial en el norte del país. Italia aportó 4 de los 9 millones de inmigrantes europeos que atravesaron el Atlántico en vísperas de la Primera Guerra Mundial.

Esta filosofía llegó incluso a generar fricciones con Europa en su momento debido a las naturalezas opuestas de sus fortalecimientos estatales. Mientras Estados Unidos se fortaleció a partir de la universalidad de sus valores, Europa evitó una disolución mayor gracias a la élite política conservadora, resaltando el papel de Bando Sublevado (franquista) luego de proclamarse vencedor de la guerra civil española, que a su vez terminó por ratificar la Monarquía y consolidar finalmente la supremacía del Estado español por sobre la totalidad del territorio. Difícil entender las causas cuando a día de hoy el sube y baja poco a poco va cambiando se posición.

Posterior a la depresión económica de 1929 únicamente y debido al surgimiento de una nueva clase blanca trabajadora en un tiempo en el que aún no había sido erradicada del todo la segregación racial en el país surgió por primera vez en el Siglo XX una corriente nacionalista contraria a los valores promulgados por Washington desde la independencia hasta el momento, que fue evaporada sin embargo luego de 1945. Finalizada la Segunda Guerra Mundial y ante la necesidad de imponer un orden ideológico en el mundo, Estados Unidos optó por tomar la democracia y la ‘libertad’ como bandera ante el poderío político, nuclear y territorial de la ya Antigua Unión Soviética. Por consiguiente en la ‘post-Guerra Fría’ se optó por construir a partir de lo consolidado durante la batalla ideológica con Moscú y promulgar la estabilidad electoral dentro de los países emergentes, lo que llevó, en el caso particular de América Latina de generar un interés por un fortín anti-socialista hacia un orden democrático electoral, lo que llevó por ejemplo, a la financiación del Plan Colombia con el fin de combatir la debilidad estatal generada por el conflicto armado en Colombia o cooperar con el triángulo norte centroamericano por medio del financiamiento de sus políticas migratorias y a través del Tratado de Libre Comercio (DR-CAFTA) que mueve más de 30 mil millones de dólares anuales entre esta región y el ‘Gigante’ del norte.

Sumando a todo lo anterior, la influencia generada durante la Primavera Árabe, generando así el derrocamiento de regímenes dictatoriales como el de Muamar El-Gadafi en Libia o el de Hosni Mubarak en Egipto trajo consigo un nuevo orden político y social en Oriente medio y en el Maghreb africano, todo bajo la respectiva fisura generada por la intervención militar en Irak, que podría en una escala no muy lejana servir como punto importante para tener a la hora de resaltar la profundidad de la brecha ya existente entre oriente y occidente.

Esta política global consiste básicamente en mantener una especie de ‘Status Quo’ por medio de una agenda de cooperación económica y el fortalecimiento de las economías emergentes que opten por adherirse al modelo norteamericano.

Es por eso que este nacionalismo ‘internacionalista’ hace aún menos comprensible la idea promulgada por Donald Trump, ignorando para bien o para mal un hilo conductor que le ha otorgado tanto al país como a occidente así como a la Asia pacífica una estabilidad poco presupuestada al final de la guerra fría. El reputado profesor de la Universidad de Chicago y teórico en relaciones internacionales, John Mearsheimer sostuvo a inicios de la década de 1990 que en fin de la Guerra Fría traería consigo una inestabilidad basada en el constante riesgo de guerra y crisis, que para bien o para mal, no iban de la mano con el orden impuesto por EEUU y la URSS por más de tres décadas.

 

Trump y el reto de ignorar el pasado

La elección de Trump como presidente trae consigo un universo de incertidumbres. El candidato republicano utilizó durante su campaña a la inmigración como caballo de guerra sobre el que con toda seguridad galoparía hacia la conquista de la clase trabajadora blanca radicada en los estados centro-oeste del país. La inmigración precisamente fue el primer obstáculo para la Casa Blanca a la hora de proseguir con su plan de expansión luego de los atentados del 11 de septiembre. El estado de excepción generado desde aquél día y la vulnerabilidad manifiesta de su territorio trajeron consigo un miedo generalizado ha terminado por convertirse en corriente política por medio de gente como Trump, Nigel Farage y su UKIP en Reino Unido con el Brexit o la candidata Marine Le Pen en Francia, homologando la estrategia luego de los atentados de París y Niza en 2015 y 1026 respectivamente. Por más éticamente cuestionable que pueda haber sido, está funcionando y lo que más llama la atención es la vulnerabilidad de un sistema creado por el mismo Estado que busca destruirlo por medio de un antiestadista que recién acaba de llegar al poder.

Abandonar por ende la Alianza del Pacífico, consolidar el lema ‘America First’ e incluso promover desde su posición (con el permiso de su respectiva influencia) la consolidación de los movimientos nacionalistas anti-europeístas en el viejo continente sería quizás un factor determinante que aumentaría el grado de dificultad de maniobra a la hora de querer revertir la situación.

El momento invitaba a una redirección del modelo en cuanto a forma ante la ya mencionada emancipación económica de Alemania y Japón como cabezas de sus regiones y ante la amenaza nuclear creciente de Irán y Corea del Norte, por más que haya estado hasta ahora bien controlada por medio de la cooperación en materia de comercio y seguridad de USA y sus aliados. Trump obliga a un cambio de fondo. Gobierna a contracorriente, le hace guiños a Putin, amenaza a China (a simple vista ignorando la deuda) y genera aún más rechazo en Latinoamérica incluso por fuera de los movimientos ‘anti-yankee’ por cuenta del recrudecimiento de sus políticas migratorias. Ha creado un enemigo común, que pasa en este caso a ser la prensa. La pérdida de aliados es cuestión de tiempo y el mundo sigue a la expectativa.

¿Alguien lo podrá parar?

 


Sobre Jean-Pierre Mandonet

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